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Lucecita

La noche del 14 de marzo de 2026 en la Sala de Festivales Antonio Paoli del Centro de Bellas Artes de Santurce comenzó con una expectativa que se sentía desde el momento en que el público tomó asiento. A las 8:30 en punto, el telón se elevó lentamente y dejó ver a Lucecita Benítez en el centro del escenario, vestida con un traje morado elegante y sosteniendo su clásico micrófono de cable. La iluminación cálida que la acompañaba no buscaba llamar la atención sobre su figura, sino enmarcar su presencia, esa que por décadas ha sido sinónimo de respeto y admiración en la música puertorriqueña. El público la recibió con un aplauso largo y sentido. Antes de comenzar, la artista ofreció un saludo sencillo y directo: “Bienvenido, y gracias por estar aquí. Esto ha sido preparado con mucho amor y con muchos deseos de llegar a vuestro corazón. Espero lo disfruten y lo sientan, gracias”. Con esas palabras, abrió una velada que desde el primer momento se sintió cercana y honesta.

El concierto estuvo centrado en los temas del disco Claro y Musical, lanzado en 1992, un álbum que marcó una etapa importante en su carrera y que continúa siendo uno de los favoritos de su público. Por eso no sorprendió que la noche comenzara con “Vuelo”, interpretada con una claridad y una fuerza que recordaron por qué Lucecita es considerada la voz nacional. Su interpretación fue firme y llena de sentimiento. Luego siguieron “Claro y Musical”, “Cantando al día”, “Se fue la lírica”, “Se van”, “Ñeñe”, “Aeropuerto”, “Uno mismo”, “Y olvida”, “El amor somos tú y yo”, “Solo el alma”, “Ahora puedo decir”, “Adiós tristeza”, “Siento un renacer”, “A la revancha”, “Solo una vez” y “La vida”. Cada canción provocó una reacción distinta: nostalgia, alegría, silencio profundo o aplausos espontáneos. Para muchos, estas piezas no eran simples temas musicales, sino recuerdos vivos.

En varios momentos, la artista interpretó sentada sobre una silla de madera colocada en el centro del escenario. Ese detalle, sencillo pero significativo, aportó una sensación de cercanía que el público recibió con gratitud. Desde esa posición, su voz adquirió un tono más íntimo, como si estuviera cantando directamente a cada persona en la sala. Canciones como “Solo el alma” y “Adiós tristeza” se sintieron especialmente profundas desde esa puesta en escena, logrando que la audiencia mantuviera un silencio respetuoso.

A lo largo de la noche, Lucecita demostró un dominio absoluto del escenario. No necesitó efectos especiales ni grandes movimientos. Su voz, su interpretación y su presencia bastaron para sostener el concierto con la solidez que caracteriza a los grandes artistas. Aunque su trayectoria habla por sí sola, fue inevitable recordar que en 2017 recibió el Premio a la Excelencia Musical del Latin Grammy, un reconocimiento reservado para figuras cuya aportación ha sido verdaderamente histórica.

Uno de los momentos más emotivos ocurrió cuando la artista hizo una pausa para agradecer a varios colegas presentes. Mencionó a Víctor Manuelle, Chucho Avellanet y Gilberto Santa Rosa, quienes recibieron un aplauso cálido del público. Fue un gesto que resaltó la hermandad que existe entre los artistas puertorriqueños y el respeto que todos sienten por su trayectoria. Entre los asistentes también se encontraban la gobernadora de Puerto Rico, Jennifer González; el comediante Víctor Alicea; y la actriz Ivonne Coll, Miss Puerto Rico 1967, cuya presencia añadió un toque especial a la velada.

El concierto estuvo diseñado para sentirse, no solo para escucharse. Hubo momentos de reflexión, otros de celebración y otros en los que la nostalgia se hizo presente de manera natural. En “El amor somos tú y yo”, varias parejas se tomaron de las manos, mientras que en “La vida”, que cerró la noche, la energía fue tan fuerte que el público se puso de pie antes de que la canción terminara. La banda que la acompañó ofreció un trabajo impecable, con arreglos que respetaron la esencia de cada tema sin restarle protagonismo a su voz.

Cuando la última nota se apagó, el público respondió con una ovación larga y sentida. Lucecita, visiblemente emocionada, llevó una mano al corazón y sonrió. No hizo falta un mensaje final: la música había cumplido su propósito. El concierto Claro y Musical fue una muestra clara de la vigencia de su voz y de su capacidad para conectar con el público. Más que un repaso de éxitos, fue una reafirmación de su lugar en la historia cultural del país. Para quienes estuvieron allí, la noche dejó una impresión profunda: la certeza de haber presenciado a una artista que sigue cantando con verdad, con entrega y con un amor genuino por su gente.

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